martes, 30 de enero de 2018

De charcos y píldoras

Para viajar al infierno
no es necesario cabalgar
a lomos del leviatán,
basta con cerrar los ojos
y voltearlos hacia dentro.

domingo, 3 de diciembre de 2017

En papel de regalo

El tono de su piel fue palideciendo, paulatinamente. Apenas le quedaba un hilo de voz en la garganta; apenas una lámpara de sombras por ideas, en su mirada. Tal vez por eso no contestó a ninguna de las preguntas que, inquisitivamente, le formulaban desde el exterior de su linda cabecita, que como una caja envuelta en papel de regalo, aguardaba impaciente a que alguien la descubriera. Adiós al muñeco de nieve, que en las noches de risas abría paso a miradas pícaras; adiós al bastón de caramelo, que mordía, seductora, las vísperas, cuando ya se quedaban a solas; adiós a la sangre que termorregulaba sus venas. Adiós a la vida, aunque la otra, sin ángel ni corona, poco o nada la ilusionaba.

viernes, 1 de diciembre de 2017

En bandeja de plata


Qué bonito sería, que todas las noches te contara uno de esos cuentos tan malos que te hacían reír, pero ya estamos en otro plano: el de dejar sobre la mesita de noche el manual de instrucciones de la magia. Y el caso es que de nada sirve, pues con el paso del tiempo hemos ido perdiendo esas piezas que parecían insignificantes y que hoy ya no nos permiten reconstruir nuestro hogar.

Serem sempre nosaltres...

Todo estaba perfectamente estudiado, ésa y no otra era su tranquilidad. Sería un mártir, un apóstol, y como buen hombre de fe debería aceptar su destino, por más que éste se vistiera de negro abismal. Así pues, dejó sobre su escritorio un sobre, con el sello de la institución: <<A la meva familia>>, rezaba en él, con una firma estampada en perfecta línea horizontal. "Endarrere aquesta gent tan ufana i seperba", murmuraba entre dientes, mientas cerraba el portón y pensaba en la posibilidad de que quizá el oráculo jugó nuevamente con los sujetos para volverlos a engañar.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Desiertos

Hay quien se enamora hasta en un desierto,
aunque falto de miradas pase sed,
aunque falto de sonrisas pase frío,
aunque de sólo imaginarla en su cama
le dé hambre,
aunque la llame oasis,
sabiendo que en su vida será apenas un espejismo...

lunes, 2 de octubre de 2017

Aquiles

Después de siglos enterrada bajo tierra, por fin pudo ver desde su atalaya a la vieja Troya, desnuda y en ruinas, como su alma. De qué había de servir la eternidad, sino para evidenciar que su honor fue causa de una mentira: él nunca murió en Ilion, aquella flecha de Paris, sólo le produjo una dolorosa cojera. De hecho, es muy probable que ni siquiera fuera él quien la disparara: ese hedonista pusilánime y malcriado puso pies en polvorosa en cuanto vio caer la ciudad.
Qué diferente de su hermano Héctor, del que sólo se recuerda que cayó a manos de Aquiles, el de los pies alados, y fue arrastrado junto a su carruaje frente a las puertas de la urbe. Sólo de su derrota hablaron los historiadores, un poco del amor a su patria los poetas, pero nadie habló de su verdadera causa para la lucha: su familia. Aquiles nunca tuvo nada de todo eso, por este motivo ganaba batallas: nada que perder; nadie que lo fuera a llorar.
A nadie le interesó saber que decidió quedarse en Troya, en una ciudad en ruidas, porque ya nada le llenaba. Eso no era motivo de poemas. Homero no vio brizna alguna de literatura en contar que un hombre cansado de ver morir a otros muchos, por cosas banas como el poder, la riqueza o el honor, sin morir, fue derrotado en la batalla contra el ilustre Héctor: cuando con sangre y casi sin aliento, le rogó que cuidara de que su familia le sobreviviera. Ni patria, ni bandera, las dos últimas imágenes impresas en los ojos del hijo de Príamo, fueron la mirada amorosa de su mujer Andrómaca y la risa llena de vida de su hijo Astianacte.
Cumplió Aquiles con su honor: cuidó de que salieran sanos y salvos del asedio, incluso afeando a más de un griego. Es más, resulta más que probable que la flecha viniera de ese bando. Tal vez la cojera del hombre de los pies alados fuera justo castigo por tanta muerte; tal vez una vida eterna en soledad fuera justo premio para que Héctor pudiera descansar en paz.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Balada del tronco y de la roca

Era noche cerrada. Caminaba desorientado, agitado, desvalido; andaba sin rumbo, sin cabeza. Respiraba con dificultad, pues no estaba acostumbrado a esos esfuerzos, y en mitad del bosque se pagan caras tales osadías. Tocaba cada árbol que cruzaba, como si fueran tótem que le habían de otorgar las fuerzas que le faltaban a sus piernas, y cada roca que aparecía en su senda le semejaba una suerte de oráculo con media esperanza en las respuestas sobre su futuro.
De fondo resonó un disparó que acalló los murmullos y gemidos del bosque. No había refugio, ni pulmones para imprimir un ritmo más alto. Vio un viejo tronco, con una hendidura lo bastante profunda para ocultar algo, y entendió que era el sitio más seguro para guardar sus pertenencias. Y así, depositó dentro cuanto le quedaba: un anillo, una cinta y una carta escrita con el alma, que tal vez nadie leerá jamás. La historia es caprichosa, tiene mala memoria y gusta demasiado de los juegos de azar.
Pronto se vio rodeado por una jauría de soldados hambrientos y con sed de sangre. Le pidieron que se arrodillase, pero no aceptó: su último aliento lo iba a gastar de pie.
Y así murió, como todos los héroes, con dignidad, pero en silencio...